escena
¿por qué nos gustan tantos los puentes?
papeles y libros abiertos
Siempre quise contemplarte mientras dormías. Siempre creí que las actitudes que se adoptan durante el sueño (el rostro, la posición del cuerpo), al estar desprovistas de la máscara de la voluntad, son manifestaciones singulares. Ahora que estás a mi lado, que tu cuerpo es una estatua de la que me privo de tocarla por miedo a que desvanezca, comienzo a descreer de mis convicciones acerca de la imposibilidad de asir la felicidad; este instante prescinde del tiempo: nada ha ocurrido antes y nada ocurrirá después. Pero pronto percibo la falta: mis besos ya no me bastan y necesito una boca más grande para poder comerte de un bocado.
Es verdad que cuando nos abrazamos siento que tu cuerpo y el mío se continúan sin límite. Pero ahora que te miro, que tu cuerpo es una estatua de la que me privo de tocarla por miedo a que desvanezca, te siento como una caja negra; esas manifestaciones singulares de tu descanso no son mas que una fachada a otros territorios insondables. Te siento ahora como algo ajeno en mi cama. Y hay algo aún más impenetrable, que es lo que sueñas. Yo creo que sueñas con que me miras dormido, y que soy yo y no vos quien está de espaldas a la cortina que dibuja un amanecer veronés.
Doy vuelta la cabeza. Encima del escritorio, unos cuantos papeles y libros abiertos me dicen que estoy en Rosario y que es viernes. El sonido del teléfono parece estar dentro de mi cráneo de hojalata. Escucho tus excusas. Me pregunto –incrédulo- si te veré en la tarde, porque te extraño y esta noche no he dejado de pensar en vos.
la vuelta a casa
Creo que con el tiempo intenté descifrarlo: en verdad el haber llegado de vacaciones a casi la misma hora de la partida, poco más de una hora más tarde pero siete días después, daba la sansación de habernos escapado durante la noche a uno de esos universos en donde el tiempo es más veloz que el nuestro, y en donde esos siete días cabrían perfectamente en esa hora, hora y media, de nuestro tiempo humano.
Por otro lado, haber llegado a la madrugada nos daba una suerte de chance, de bonus-track, porque la cotidianeidad dormía y en definitiva, el irnos a dormir con ella y amanecer con ella, iba a ser menos hiriente, menos doloroso que si hubieran existido los contratiempos.
El tiempo desgasta las sensaciones y con estas palabras no pude naturalmente llegar a ese pensamiento original. Sólo llegan a mí reminiscencias, cuando pienso en esas caras sonrientes, agitadas y vidriosas, la misma con que los niños miran a sus padres cuando se bajan de la calesita con ganas de otra vuelta.
relojes rotos
Entre segundos el viento sopló de súbito, y arrancó palabras de no sé qué bosque de memorias:
-¿Cambiarías algo? –me dijo con voz inocente- ¿algo de lo que fuiste?.
Sonreí apenas, mientras el sol pestañeaba en la tierra seca y los pájaros repetían sus últimas palabras.
-Si cambiara tu rostro –le dije- no te hubiera conocido. Si mutara tus estrellas, no me hubieras encontrado. No cambiaría nada pues mis logros y caídas forman el ser que soy.
Y enseguida, como despertando de un loco sueño, desdeñé la mañana. Pisé indiferente las briznas de recuerdos, aquellos que me habían emergido por un instante de los brazos de hiedra.
el aguacil
Pero ese aguacil no muere para nadie más que para él, se transforma, ahora ya no es aguacil, sino aguacil muerto, y después será aguacil petrificado, y después quién sabe qué, pero nadie recordará su muerte (o su transformación), ni siquiera el propio Marcos. Pero él sí morirá, no estará exento de, pero superará el estadio de reciclaje que tiene la naturaleza con los objetos y los que se transforman en ellos, muchos lo recordarán cuando se muera, recordarán que hizo eso que llaman morir, y habrá muerto y punto.
Marcos piensa ahora en las cosas que pasan a su alrededor sin darse cuenta (la muerte del aguacil pone de manifiesto la existencia de otras muertes), le pican las humanas ganas de saborear un aleph, de asistir a todos los velorios al unísono, velorios de avispas, de mariposas, de asistir a todas las simetrías, todos los silencios.
Entonces descubre que el mundo sigue, que el reloj es el elemento que hace que el hacer y no hacer, ser y no ser, sean la misma cosa. Porque el tiempo sigue juntando piedritas, sigue galopando con su trote perturbador, con su trote de moscas que revolotean, se asientan y lo miran a uno con una quietud de venganza que le hace dar miedo, y es desde allí que uno le teme al tiempo.
susurros escalonados
No esperaba ese rostro. Los pasos de la escalinata descubrían abrazos agazapados detrás de la puerta. Pero no ha sido así. Lo que esperaba era tan real, sólo le faltaban veintiocho escalones para que se integrara al mundo. Lo olvidé. Ya sé que olvidé mis pies en el barro y volé. Pero vale la pena ¿no?. Tu me lo habías dicho, “es necesario volar a veces”. No tuve en cuenta los aterrizajes forzosos, no supuse que mutarían los susurros por gritos y las caricias por golpes. Sólo el llanto se mantuvo indiferente. Es el mismo que pisaba en los escalones.
No lo esperaba. Sinceramente no lo esperaba. Había navegado tan lejos, había arribado a las orillas del perdón. En realidad es cierto. Esperaba algo. Algunos círculos concéntricos, algunos temblores; pero no esta tormenta, no este revuelo de olas y espuma.
Ya sabía que no te iban a bastar mis excusas de trabajo, ni el maldito tráfico, ni la maldita lluvia. Pero como yo así comprendo entre estos escalones que ya has cenado, ya has apagado las velas, entiende que no es mi culpa. Tampoco la tuya. Pero son las circunstancias, y ahora debo soportar la dulce espina del último escalón, y el picaporte, y el quejido de la puerta. Mis ojos sueltan una lágrima que cae en el río y tiembla. Y siento un dolor intenso, un veneno invernal sobre mis huesos, un puñal que se solidifica en sangre y comienza a correr, a ser parte de este concierto de latidos alentados por un beso nocturno.
Yo lloro, apenas, pero ella no ha llorado. No ha cenado, siquiera. Mientras se pone un par de aros, me dice con los ojos que me ha extrañado, que no ha dejado de pensar en mí.
