señal de humo

...

1 (sentarse a mirar la lluvia)



-¿qué estabas haciendo?
-estaba mirando la lluvia
por la ventana
-seguramente lloverá mucho
porque las gotas forman burbujas
cuando caen

ves cómo algo sencillo
algo que ha estado desde siempre
puede volvernos más humanos

y eso porque alguna vez fuimos lluvia
(de esto los niños tendrán más memoria que yo)

y porque de alguna manera la lluvia
nos recuerda el andar sosegado
que perdimos







2 (principios)



hoy soy inmune a todos
los abandonos
hoy
soy permeable a todos
los silencios

pinto castillos en esta hoja de papel
vuelvo
a mi piedra fundamental
a mi casita del arbol
a mi reloj de arena

hoy soy un niño en su siesta de barro
en esta hoja tengo los pies
sucios de tanto correr
por mi patio universo

acá vengo a izar
mi bandera
acá vengo a dar
mi señal de humo

nuestro mundo siempre fue
un pecho de leche y una mirada
y sólo eso
..

esta mañana
no es nada
sin anoche

¿vivimos
para tener el recuerdo
de haber vivido?
¿vivimos
en la contemplación
del presente?

sólo se vive
con ojos de niño

esta mañana
invierno escondido entre las hojas
vuelo musical de pájaros
el sol parece una playa
y respiro un sueño de sal
con los oidos

esta mañana
no es nada
sin tu recuerdo

..

silencio

..

Shh… ¡Silencio! ¿No ves que nuestras palabras son livianas y frágiles? Shh… Necesitamos el silencio para escuchar las palabras susurradas por los ángeles, que son las verdaderas.



..

madurez

..
Naturalmente ya había pasado por el quiebre de los padres omnipotentes, ya me habían demostrado que podían equivocarse, podían proceder de manera errónea. Ya había asistido a esa soledad que le deja a uno saber de su incompletud e imperfección. Pero desde aquella tarde, o tal vez desde algún pretérito indefinido, había comenzado a tomar sus palabras como señales, y a tenerlas en cuenta como si fuesen nacidas en una boca angelical.

Idas y vueltas*

...
Cuando vuelvo a San Nicolás, en los actos mecánicos y necesarios del transitar diario, se despiertan vetas, huellas de aquel que queda en la gran ciudad. Allá el papel higiénico está a mi derecha, mientras que acá me espera a la izquierda. En casa en shampú lo busco en la repisa que está en frente, y en Rosario me estiro con mi mano para encontrarlo a un costado de la canilla. En esas acciones, mi cuerpo por momentos se elonga, y hay otro cuerpo que se estira en la dirección contraria; entonces un puente, un punto de encuentro, y la brisa de mi otro yo que va dando tumbos por las paredes del túnel. Y cuando lo puedo ver, siento que lo quiero. Qué raro que lo quiera. Tal vez porque es más yo, es más Fernando. Pero no es así, no me siento más Fernando cuando estoy allá. Son esos tumbos en el túnel los que me hacen más yo, porque Fernando es el que viaja por el túnel, es el que llega de, el que ha estado, no el que permanece.

*escrito en mis primeros años en la Universidad
el silencio
mantra
las alas inmóviles

entre las cuentas de un rosario
un scat
hundir la cuchara
el primer contacto
con tu lengua

antes de la primera nota
te importa un carajo
que el mundo se caiga a pedazos

solo vos
y la hoja en blanco

ahí vienen
no hablés
ahí
los ojos cerrados en la ducha
ahora no hay mas remedio
ahí están las palabras

papeles y libros abiertos

..
Siempre quise contemplarte mientras dormías. Siempre creí que las actitudes que se adoptan durante el sueño (el rostro, la posición del cuerpo), al estar desprovistas de la máscara de la voluntad, son manifestaciones singulares. Ahora que estás a mi lado, que tu cuerpo es una estatua de la que me privo de tocarla por miedo a que desvanezca, comienzo a descreer de mis convicciones acerca de la imposibilidad de asir la felicidad; este instante prescinde del tiempo: nada ha ocurrido antes y nada ocurrirá después. Pero pronto percibo la falta: mis besos ya no me bastan y necesito una boca más grande para poder comerte de un bocado.
Es verdad que cuando nos abrazamos siento que tu cuerpo y el mío se continúan sin límite. Pero ahora que te miro, que tu cuerpo es una estatua de la que me privo de tocarla por miedo a que desvanezca, te siento como una caja negra; esas manifestaciones singulares de tu descanso no son mas que una fachada a otros territorios insondables. Te siento ahora como algo ajeno en mi cama. Y hay algo aún más impenetrable, que es lo que sueñas. Yo creo que sueñas con que me miras dormido, y que soy yo y no vos quien está de espaldas a la cortina que dibuja un amanecer veronés.
Doy vuelta la cabeza. Encima del escritorio, unos cuantos papeles y libros abiertos me dicen que estoy en Rosario y que es viernes. El sonido del teléfono parece estar dentro de mi cráneo de hojalata. Escucho tus excusas. Me pregunto –incrédulo- si te veré en la tarde, porque te extraño y esta noche no he dejado de pensar en vos.

la vuelta a casa


Cuando llegamos, a la madrugada, nos miramos por un instante y pude sentir que en ese instante único, estábamos pensando lo mismo, sólo que ese pensamiento estaba tan alejado de nuestras conciencias que no pudimos plasmarlo en palabras. Entonces nos miramos, con esa rara expresión que se tiene cuando lo único que se comparte es el saber que se está pensando lo mismo.
Creo que con el tiempo intenté descifrarlo: en verdad el haber llegado de vacaciones a casi la misma hora de la partida, poco más de una hora más tarde pero siete días después, daba la sansación de habernos escapado durante la noche a uno de esos universos en donde el tiempo es más veloz que el nuestro, y en donde esos siete días cabrían perfectamente en esa hora, hora y media, de nuestro tiempo humano.
Por otro lado, haber llegado a la madrugada nos daba una suerte de chance, de bonus-track, porque la cotidianeidad dormía y en definitiva, el irnos a dormir con ella y amanecer con ella, iba a ser menos hiriente, menos doloroso que si hubieran existido los contratiempos.
El tiempo desgasta las sensaciones y con estas palabras no pude naturalmente llegar a ese pensamiento original. Sólo llegan a mí reminiscencias, cuando pienso en esas caras sonrientes, agitadas y vidriosas, la misma con que los niños miran a sus padres cuando se bajan de la calesita con ganas de otra vuelta.

crepuscular

Y ahora me he quedado solo, sobreviviendo en esta cárcel de minutos, ahogado por la incertidumbre, cabalmente ahogado por la incertidumbre. Tal vez no se haya ido y esté aquí, a mi lado, escuchando impávida mis pensamientos, con su piel cubierta de ceniza.
Mis pies sienten frío, mis piernas sienten frío, mi cuerpo siente frío. Sin embargo, gravita el dulce instante de estirar la sábana y dejarme encarcelar, por sobre todas las cosas. Pero es en vano refugiarse en esa mentira. Es en vano también juzgar la mentira, cuando no ha amanecido la realidad y aún no sé si son sus lágrimas las que palpo en la cama, aún no determino si es que su piel ha olvidado el perfume.
En la ceguera de los sueños y la vigilia, entre una confusión de comas y puntos, no logro convencerme de que es ella la que hace crujir con desgaire las hojas de la calle, y que son sus lágrimas las que pasan inadvertidas en la madrugada. No se puede saber la verdad en la noche, en las sombras, y fuera del tiempo. Es imposible asir el misterio en medio del misterio. Estoy condenado a dejarme llevar por los dictados oníricos; cautivo de mi nombre, mi nombre susurrado por el olor del río.
Todas las calles conducen al mismo lugar, a un destino indeclinable. Y ella se ha reflejado en mi rostro, y ha seguido caminando. Se va reflejando en cada instante y recuerda. Suelta una lágrima que siento sobre mi pecho, una lágrima que tal vez no refleja tristeza, no arrastra tan amargos sentimientos desde sus entrañas; es una gota de rocío, y sólo cae como una respuesta a lo arcano.
No puedo saber si ha olvidado las discusiones, los malos tratos, y las promesas. No puedo saberlo; por ahora me conformo con mirarla caminando en el borde del río, con su camisón color rosa pálido y sus movimientos tercos por el clima invernal.
Siento miedo, miedo de saber que los planes nunca concuerdan con la realidad, que fallan por sentimientos, por centésimas, por miradas, pero cambian. Pero esto es más que una premeditación, es un grito interno que ninguna piedra, ningún mundo puede callar. Todo este momento es más que esos cabellos arrastrados por el viento, es más que ese cuerpo frágil, es más que ese espejo recibiendo lágrimas de un rostro quieto y errante.
Y yo allí, anhelando locamente que ese final llegue, intentando rechazar la realidad, pero anhelándola al fin. Esperando a que el destino diga lo que ya sabía hace tiempo, agazapado ante el dulzor de verla caer, con los ojos cerrados.
Todo acaba allí, no es importante su cuerpo encallado sobre las rocas ni su sangre sorbida por la arena, sino que se haya lanzado, así, como siguiendo su propio camino, como si ella misma hubiese decidido caer.
escribo tu nombre como una forma
de habitar en ese incesante trote
que se hace llamar tiempo

igual que las naves de mi memoria
en este hueco inventado de la noche
quiero hacer de tu rostro
un canto más océano que el recuerdo

me gustan los relojes
siempre y cuando marquen cualquier hora

me gustan los relojes atrasados
como la luna

relojes rotos

Hoy me encontré con mi pasado. Él iba caminando, y sus pasos despertaban aromas idénticos a los de mi infancia. En sus ojos brillaban tantas estrellas como las que brillan ahora en los míos. Pero mis estrellas están aún lejos, y las que él tenía, yo ya las había vestido de realidad.
Entre segundos el viento sopló de súbito, y arrancó palabras de no sé qué bosque de memorias:
-¿Cambiarías algo? –me dijo con voz inocente- ¿algo de lo que fuiste?.
Sonreí apenas, mientras el sol pestañeaba en la tierra seca y los pájaros repetían sus últimas palabras.
-Si cambiara tu rostro –le dije- no te hubiera conocido. Si mutara tus estrellas, no me hubieras encontrado. No cambiaría nada pues mis logros y caídas forman el ser que soy.
Y enseguida, como despertando de un loco sueño, desdeñé la mañana. Pisé indiferente las briznas de recuerdos, aquellos que me habían emergido por un instante de los brazos de hiedra.
buen día
soy el que ha habitado en tu postigo de invierno
más de medio almanaque
con sus días
con sus noches
y sus lúgubres soledades

te presento a mi sombra
ella visita tus ojos
que se acurrucan cuando los miro
ella me cuenta
en qué piensas de qué ríes
y cuán suave se derraman tus pétalos
cuando entregas los párpados al sueño

buenas tardes
soy el muchacho tímido que aguarda
traigo en mis manos el suicidio de mis versos
que sangra tu lluvia
mi lluvia
nuestra lluvia
la lluvia que a veces odio y que a veces
despierta cadenas olvidadas

buenas noches
ya me voy
ya es tarde para golpear la puerta
tal vez mi llave haya sido fabricada en un mundo
tan lejano al tuyo tal vez
tu cerradura haya sido fabricada en un mundo
tan distante al mío
pero yo siento que nuestro destino es fatalmente hermoso
es más íntimo que este puñado de lágrimas calcinadas
es más infinito que este silencio que nos separa
es más inmenso

poema último

(a Alejandra Pizarnik)

Cuando despegó sus inocentes ojos de las páginas tostadas, aún quedaron bailando en su cabeza, las últimas palabras del poema. Mirando al cielo, se sintió presente en esa rebelión de anaranjados sobre el implacable ejército purpúreo.
Varias veces parpadeó y rozó sus pies sobre la arena húmeda y sintió el aire castigando su ser. El horizonte se bifurcaba entre el miedo y el repudio. El primero era defendido por el destino inexplorado, por la ausencia de un barco con las luces encendidas; el abogado del segundo era la realidad.
Su ira y su delirio, sostenidos por el olor a sangre entremezclado con la arena. En un intento físico por desprenderse del brazo de hiedra, descubrió las estrellas, como lágrimas que en ella no condensaban los recuerdos, las miradas. Eran veinte. Veinte negras mañanas de sol, veinte días sin retorno.
Sintió los cuchillos punzándole el alma. Sintió las piedras en la garganta. A lo lejos una orilla, y ella en su refugio, en su máscara, de pies en la cornisa, en su última inocencia.
Entonces comprendió que no tenía sentido esperar que un ávido buitre devore de a poco sus vísceras, no tenía sentido esperar esa muerte caucásica, si el destino era inapelable, por qué no hacer más valioso el puñado de versos que apretaba en sus manos.
De un sorbo bebió lo poco que quedaba del crepúsculo. Desplegó sus alas y voló. Tal vez, más allá del horizonte, haya encontrado un pájaro enamorado que la haya guiado hacia su despertar.
Una luna de septiembre y su reflejo, fueron los únicos testigos de la huida.

el aguacil

Marcos tiene entre sus dedos un aguacil que lo mira confundido. Se podría decir que son ahora dos aguaciles que se miran, son dos cosas que estúpidamente se miran, como si tuvieran la necesidad de decir algo con los ojos. El pequeño lo toma por las alas y lo intenta hacer andar, como si fuera un juguete. En efecto, no funciona. Apenas logra asir el dedo gigante (el dedo que hoy es gigante y mañana será un dedo liliputense), apenas puede sostenerse, y después cae. Marcos nunca había visto un aguacil con el cuerpo celeste, un celeste artificial que se pierde en el amarillo de la cola, y las dos bochas de pistacho con puntitos también celestes, le bastaban a Marcos para figurarse una suerte de marciano, con la misma cabeza y el cuerpo y las extremidades finísimas, un espécimen escuálido, skinny, que se retuerce entre las hojas de un libro. Resulta gracioso verlo sostenerse en una letra, aferrándose ahora a un “para”, un “dos”, un “triste”, una “muerte”.
Pero ese aguacil no muere para nadie más que para él, se transforma, ahora ya no es aguacil, sino aguacil muerto, y después será aguacil petrificado, y después quién sabe qué, pero nadie recordará su muerte (o su transformación), ni siquiera el propio Marcos. Pero él sí morirá, no estará exento de, pero superará el estadio de reciclaje que tiene la naturaleza con los objetos y los que se transforman en ellos, muchos lo recordarán cuando se muera, recordarán que hizo eso que llaman morir, y habrá muerto y punto.
Marcos piensa ahora en las cosas que pasan a su alrededor sin darse cuenta (la muerte del aguacil pone de manifiesto la existencia de otras muertes), le pican las humanas ganas de saborear un aleph, de asistir a todos los velorios al unísono, velorios de avispas, de mariposas, de asistir a todas las simetrías, todos los silencios.
Entonces descubre que el mundo sigue, que el reloj es el elemento que hace que el hacer y no hacer, ser y no ser, sean la misma cosa. Porque el tiempo sigue juntando piedritas, sigue galopando con su trote perturbador, con su trote de moscas que revolotean, se asientan y lo miran a uno con una quietud de venganza que le hace dar miedo, y es desde allí que uno le teme al tiempo.

susurros escalonados

No esperaba ese rostro. Los pasos de la escalinata descubrían abrazos agazapados detrás de la puerta. Pero no ha sido así. Lo que esperaba era tan real, sólo le faltaban veintiocho escalones para que se integrara al mundo. Lo olvidé. Ya sé que olvidé mis pies en el barro y volé. Pero vale la pena ¿no?. Tu me lo habías dicho, “es necesario volar a veces”. No tuve en cuenta los aterrizajes forzosos, no supuse que mutarían los susurros por gritos y las caricias por golpes. Sólo el llanto se mantuvo indiferente. Es el mismo que pisaba en los escalones.

No lo esperaba. Sinceramente no lo esperaba. Había navegado tan lejos, había arribado a las orillas del perdón. En realidad es cierto. Esperaba algo. Algunos círculos concéntricos, algunos temblores; pero no esta tormenta, no este revuelo de olas y espuma.

Ya sabía que no te iban a bastar mis excusas de trabajo, ni el maldito tráfico, ni la maldita lluvia. Pero como yo así comprendo entre estos escalones que ya has cenado, ya has apagado las velas, entiende que no es mi culpa. Tampoco la tuya. Pero son las circunstancias, y ahora debo soportar la dulce espina del último escalón, y el picaporte, y el quejido de la puerta. Mis ojos sueltan una lágrima que cae en el río y tiembla. Y siento un dolor intenso, un veneno invernal sobre mis huesos, un puñal que se solidifica en sangre y comienza a correr, a ser parte de este concierto de latidos alentados por un beso nocturno.

Yo lloro, apenas, pero ella no ha llorado. No ha cenado, siquiera. Mientras se pone un par de aros, me dice con los ojos que me ha extrañado, que no ha dejado de pensar en mí.

sobre rosas y barquitos de papel

De repente, me dan ganas de hacer algo lindo. No sé si es para agraciarte, o simplemente para saciar estas ganas de hacer algo lindo. Te pido un pedazo de papel. Con él, intento reproducir una flor. Parece un capullo de rosa, una de aquellas que tal vez vi en el jardín de mi abuela; de hecho imagino su color rosa, aunque el papel de estraza no me permita imitarlo. Quizás tenga algo de esa rosa, pero esas puntas le dan también un aroma de otro mundo, y es imposible que no te cueles en mis dedos así que además tiene algo tuyo.

Escondo de tu vista mis últimos retoques y por fin la presento ante tus ojos. Es linda, creo yo. A vos te parece igual y me lo decís. Cerrás los párpados y suspirás un poco. Me contás de un amor no correspondido y de una rosa que aún guardás entre las páginas de un libro.

He hecho una obra de arte. El arte está en ese túnel que tiene su origen en algo que quiero decir (a veces es algo que quiero decirte), pasa por lograr la combinación justa de elementos terrestres que me permitan decirlo, y termina con ponerlo en el estrado a la vista de todos hombres (en realidad no termina allí, porque esa obra puede sugerir algo más a otros hombres y el arte se recicla en ese fluir de cosas por decir y de rosas y jardines y recuerdos).

Esa obra de arte no es una rosa, no sirve de rosa (no respira, no se nutre de la tierra, su color madera y su olor sintético no atraerían ninguna abeja o mariposa). Ya tampoco es un papel (no se puede escribir en él, si es que para eso se han hecho los papeles). Tampoco mi obra quiere imitar una rosa. Es verdad que se vale de ciertas cualidades de lo que podría ser una rosa, pero tiene suficiente identidad propia como para no ser sólo una rosa. Ahora bien, para qué nos sirve una rosa que no es rosa. Para nada. No tiene ninguna utilidad. Lo único que sé es que mi rosa el linda y veo que a vos también te parece igual, porque ya la has ubicado en el lugar más visible de la repisa de la chimenea.

Es verdad que las obras de arte son cosas bellas e inútiles. Pero pueden cambiar el mundo. Hoy no tenías un buen día y al ver esa rosa, creo que pensaste en quién sos ahora y cómo llegaste hasta aquí, y te alegraste. Te vi sacar la basura y saludar a nuestra vecina con agrado. A lo mejor pensaste en los veranos que tuvieron que pasar para que nos encontremos y eso te ayudó a tomar alguna decisión. Pero no sobreestimemos mi obra de arte. Sólo sé que te vi atender el timbre y con una sonrisa intercambiar un billete por una bolsa llena de naranjas, cuando sé que sólo comes naranjas cuando estás de buen humor. Yo creo que las obras de arte son cosas bellas e inútiles, pero pueden cambiar el mundo.

Si bien es verdad que yo he hecho esa rosa (vos me viste, la he hecho mientras estabas en la cocina conmigo, buscando masitas en la alacena y cebándome mates), esa obra me pertenece menos a mí que a otro mundo más grande que engloba a todas las rosas. Esa rosa se escapó de mi, tomó vida propia, en el mismo instante en que permití que la vieras. Ya mi rosa dejó de ser sólo capullo, de de ser la rosa que vi en el jardín de mi abuela. Yo sé que vos pensaste en una rosa roja, de bordes oscuros y casi marchita. Seguro también, a pesar mío, algún rostro se te ha venido a la mente. Y quién sabe a cuántas emociones más olerá mi…. ¿debería seguir llamándola rosa?

No te sorprendió demasiado mi rosa y eso es porque ya he hecho otras flores de papel. Siempre me decís que soy un hacedor de flores de papel y debo ir a esos lugares donde enseñan a hacer flores de papel. Ya sabés que no me gano la vida con esto. No merezco el título de hacedor de flores de papel. Además vos también tenés lo tuyo, y a veces estás triste y hacés barquitos de papel, y entonces a mí me parece estar oyendo la lluvia estival a mis espaldas, y el olor a chocolate –aunque sea el mismo papel de estraza de mi flor- y el galopar de las gotas sobre el tejado ser un solo sentido. En fin, todos tenemos nuestra rosa.

génesis

El arte es la búsqueda de la verdad. A los que asumimos (padecemos) esta búsqueda, inherente a todo ser humano, la verdad se nos presenta siempre asintótica u orgásmica. Por eso nos se nos culpe. La metáfora no sólo es necesaria para correr el velo, aunque más no sea por un instante, a esa verdad, sino que es además ineludible: el poema nos supura.

Y esto es así desde que comimos del árbol de la palabra. Desde allí hemos venido a caer en una suerte de mezzo entre la deidad y la estupidez. Entonces la verdad se expresa sólo en esos dos extremos, o sea, en el silencio o en el hartazgo de las palabras. Por eso no nos queda otra que atiborrarnos de palabras, palabras, más palabras, lloremos palabras, vomitemos palabras, inundemos el mundo de palabras. Ésa debe ser nuestra búsqueda de la verdad.